lunes, 20 de septiembre de 2010

Lectio Divina II

Itinerario Monástico – La Lectio Divina II.

Quienes asumimos la vida monástica, dedicamos un tiempo de la jornada a la práctica de la Lectio Divina (RB. 48,1).

Ese momento tiene que ser preparado. Las horas del amanecer y del atardecer, son momentos privilegiados; sin embargo, puede suceder que a esas horas no podamos practicarla. Entonces, es necesario crear el ambiente propicio para leer y ser leídos / leídas por la Palabra de Dios.

Antes de iniciar la lectura es necesario silenciarnos. Tranquilizar nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Ponernos en la presencia de la Divinidad y dejarnos llenar por ella.

Sin lugar a dudas, me atrevo a afirmar, que este es el momento más importante de la vida del monje o la monja. Dios comunica su Palabra (Lc. 1,26), el monje o la monja reciben esa Palabra (Lc. 1,38), la encarnan en sus vidas (Jn. 1,14) y la comunican al resto de la comunidad monástica y de las personas con quienes entran en contacto (Lc. 1,39-56) porque ninguna Palabra Divina es para ser guardada sino comunicada.

Es el momento de mayor intimidad entre la Divinidad y la Humanidad. La escucha atenta prepara para la misión y el servicio. La rumia ayuda a encarnar la Palabra. La respuesta del monje y la monja es la puesta en práctica de esa Palabra pronunciada en la intimidad y gestada en el silencio y la soledad (cf. RB Prólogo 1).

La Lectio divina está envuelta en la oración. Oramos antes de la Lectio invocando la presencia del Espíritu, lo hacemos durante la Lectio como respuesta a la Palabra leída y comunicada, y oramos al finalizar la lectio agradeciendo esa visita de la que no somos dignos/as (Mt. 8,8).

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Taciturnidad.

Sobre el silencio interior (RB 6).

Para quienes optamos por la experiencia monástica, enmarcada en la espiritualidad benedictina, encontramos en la RB una frase por demás significativa: “Guarden un silencio lleno de gravedad” (capítulo VI, hacia el final del verso 3).

Para las monjas y los monjes, el silencio no es un fin en sí mismo. Es una herramienta para desarrollar el triple diálogo al que toda persona está convocada:

- diálogo entre Dios y el monje o la monja;
- diálogo del monje o la monja consigo mismo – consigo misma;
- dialogo del monje o la monja con el entorno (hombres y mujeres, cultura, creación).

El diálogo exige escucha y respuesta. Por eso tiene que desarrollarse en un marco que lo facilite. El silencio es ese marco. Pero no un silencio cualquiera sino “lleno de gravedad”. Porque en ese silencio se revelan y se encuentran el Misterio Divino y el Misterio Humano.

Este encuentro de ambos misterios exige todo el respeto, toda la gravedad, toda la atención, toda la humildad, toda la disposición, toda la admiración, toda la aceptación de quien es interlocutor.

Para realizar ese encuentro, las monjas y los monjes, nos descalzamos, nos despojamos de todo lo que pueda ser obstáculo, nos postramos, nos maravillamos, nos gozamos frente a la conmovedora realidad del encuentro y del diálogo con la Divinidad, consigo mismo – misma, con la Humanidad.