domingo, 15 de agosto de 2010

El silencio interior.

Las monjas y los monjes rodeamos nuestra vida de silencio como instrumento para escuchar la voz divina que nos habla. Benito de Nursia, comienza justamente su Regla para Monjes con la palabra: “Escucha” (RB. Prólogo, 1).

Toda la experiencia monástica es una búsqueda del silencio para desarrollar la capacidad de escucha. Sin embargo, el siglo XXI nos presenta nuevos desafíos. Muchas monjas y muchos monjes, vivimos en la periferia de las ciudades o en el corazón de ellas. Los ruidos del entorno invaden nuestros espacios. Entre tantas voces, entre tantos ruidos, escuchar la voz divina no es fácil. Como Samuel podemos confundirnos (1Sam. 3).

Nuestro desafío es buscar el silencio interior. Discernir la voz divina entre tantas otras voces. Ciertamente, el desafío actual para la vida monástica, no es tanto de estar en silencio físico, sino en silencio interior.

Muchas veces Dios se manifiesta a través de quien menos esperamos (RB. 3,3). En la actualidad podría ser a través del chofer del ómnibus en el que viajamos al trabajo, o la cajera del supermercado en donde compramos nuestros alimentos, o en el niño que sube al ómnibus ofreciendo estampitas o almanaques, o en la mujer que visitamos en el hospital psiquiátrico, o en el enfermo terminal de SIDA …

El silencio interior nos capacita para discernir entre tantas voces, aquella que buscamos con todas nuestras fuerzas, la que da sentido a nuestra existencia, llena todos nuestros vacíos, ilumina todas nuestras oscuridades, satisface todas nuestras necesidades, hace fecunda nuestra soledad y solidario nuestro silencio (Is. 55,10-11).

La vida contemplativa nos capacita para descubrir la huella divina y seguirla, ahí donde se revela, para que transforme nuestra soledad en encuentro que fortalece y nuestro silencio en gozo que se comunica (Lc. 24,13-35).