jueves, 16 de octubre de 2008

Itinerario Monástico - La residencia:

Según la modalidad de vida por la que optemos así será nuestro lugar de residencia.

Para quienes vivimos en la soledad o en comunidad ese lugar es el Monasterio (RB. Prólogo, 50). Los tiempos han cambiado y con seguridad algunas actividades, entre ellas el trabajo, deba desarrollarse fuera del mismo (RB 50).

El lugar de residencia debiera caracterizarse por ser sobrio, austero, acogedor (RB. 32, 33, 52, 66). En él, las monjas y los monjes realizamos la oración, la lectio divina, el estudio (RB 8-19,49), recibimos visitas (RB 53), nos alimentamos y descansamos RB 38-42). Debiera permitirnos desarrollar la mayor cantidad de actividades de la vida cotidiana monástica, invitar al recogimiento y al encuentro con la Divinidad, con nosotros mismos – nosotras mismas y con la Humanidad: “Un hermano vino al encuentro del abad Moisés, en Scitia, para pedirle una palabra. El anciano le dijo: -vete y siéntate en tu celda y tu celda te lo enseñará todo-“ (Apotegmas de los Padres).

Antes los monasterios se ubicaban fuera de las ciudades, en lugares apartados. Los monjes y las monjas se iban al desierto en busca del combate espiritual (Dt. 8,2-4; Num. 14,34). En nuestros días las ciudades son verdaderos desiertos donde se da la lucha contra el egoísmo, la idolatría, la manipulación (Mt. 4,1-9).

Ellas son un buen lugar para instalarnos y desarrollar nuestra experiencia monástica, conscientes de nuestra fragilidad humana (Lc. 4,1-2): “Un anciano decìa: -No avanzamos en la virtud porque no conocemos nuestras limitaciones y porque no tenemos paciencia en las obras que emprendemos. Queremos alcanzar la virtud sin esfuerzo-“ (Apotegamas de los Padres).

Para poner a prueba y dar razón de nuestra madurez humana y cristiana (Mt. 5,13-16): negándonos a servirnos egoistamente (Lc. 4,3-4), adorando y sirviendo únicamente la Divinidad (Lc. 4,5-8), aceptando el plan divino y su designio en la historia humana (Lc. 4,9-12).

La estabilidad en el monasterio es uno de los requisitos de Benito (RB. Prólogo: 50). El monasterio es la escuela donde aprendemos a escuchar la Palabra Divina y a responderle (RB. Prólogo: 45).

Los viejos monjes cuentan que “un hermano dijo a un anciano: -Mi imaginación vaga de un lado para otro y estoy atribulado-. El anciano respondió: -Permanece en tu celda y tus pensamientos volverán a estar en orden. Cuando una asna está atada, su borriquillo se mueve de aquí para allá, pero vuelve siempre donde su madre, dondequiera que esté. Lo mismo ocurre con los pensamientos de aquel que por amor a Dios aguanta con paciencia en su celda. Pueden vagar un poco pero de nuevo vuelven a él-“ (Apotegmas de los Padres) y también que otro “hermano preguntó a un anciano: -Padre ¿qué debo hacer?. No hago nada de lo que debe hacer un monje. Soy negligente, como, bebo, duermo. Me acometen muchos pensamientos torpes, paso de un trabajo a otro, de unos pensamientos a otros-. El anciano le dijo: -Quédate en tu celda y haz lo que puedas procurando no perder la paz. Lo poco que ahora haces equivale a los grandes trabajos del Abad Antonio en el desierto…” (Apotegmas de los Padres). “Decía un anciano: -Un árbol no puede dar fruto si se transplanta a menudo de un lugar a otro. Tampoco el monje que emigra con frecuencia puede dar fruto abundante-” (Apotagma de los Padres).

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